La sirena de Max




El mar estaba en calma aquella mañana, no podía haber sido de otra forma. Matt estaba de buen humor por eso, era un día perfecto para bucear y él no pensaba desperdiciar aquella oportunidad.

No tardó más de una hora en coger todo lo necesario y subir en su barco. Navegó hasta que su casa en la playa era un pequeño punto en la distancia, entonces supo que era el lugar indicado para sumergirse. Paró el motor y comenzó a ponerse el traje, no podía esperar a estar dentro del agua pero eso no lo hizo apresurarse, recordaba lo que su abuelo siempre decía: “si quieres hacer algo bien, hazlo despacio y sin prisa. Las prisas nunca son buenas consejeras”.

Una vez estuvo listo, miró al agua cristalina y luego al cielo despejado, el sol brillaba en todo lo alto y no había ni una sola nube a la vista, tanto mejor para él. Ya nada le detenía, y con un salto se lanzó al agua lleno de entusiasmo.

Sintió la familiar sensación del agua envolviendo su cuerpo, como si le diera la bienvenida. Siempre había sido así, desde pequeño su abuelo le enseñó a amar el mar y todas sus criaturas, a conocer los secretos del océano y toda la belleza que ocultaba en su interior. Fue él quien le ayudó en sus primeros pasos como buceador, recordaba con cariño las primeras veces en que, siendo un niño inexperto, su abuelo lo guiaba de la mano y le mostraba hasta el más pequeño rincón de su playa.

Hoy no había peces esperándole, pero eso no lo desalentó en lo absoluto. Sabía muy bien que podría encontrarlos con facilidad si se lo proponía, después de todo llevaba años haciéndolo. Matt comenzó a bucear sin prisas, disfrutando de las maravillosas vistas que el mar le ofrecía esa mañana.

El paisaje, aunque fuera siempre el mismo, cada día le deparaba algo distinto. En ocasiones solo veía el lecho marino, compuesto por algas y rojos corales, así como de plantas acuáticas de diferentes formas y tamaños; en otras veía bancos de peces yendo de un lado a otro, tan distintos unos de otros pero formando un armonioso conjunto de colores y vida en movimiento.

Matt nunca se cansaba de bucear, si por él fuera podría estar horas enteras bajo el agua y recorrería el lecho marino de principio a fin, pero siempre dependía del oxígeno de la bombona y esta, al contrario que él, tenía límites. Cuando el oxígeno se acababa, le molestaba tener que volver a su casita en la playa pues siempre tenía que esperar unos días hasta reponer el oxígeno de nuevo.

El mar siempre le tenía alguna sorpresa preparada al aventurero joven y la de aquella mañana no se hizo esperar. Mientras nadaba sobre los arrecifes de coral, Matt vio algo que no se esperaba. Había una chica sentada sobre un montón de algas, observándole con atención. Sus ojos eran de un azul profundo como el mar, su melena era suave y lisa, de un rubio blanquecino que le recordó al de las anemonas. Tenía tal expresión de concentración que Matt no se atrevió a moverse del sitio, temiendo que podría irse si lo hacía.

La chica lo miraba con una mezcla de curiosidad y soberbia, una combinación extraña pero que aportaba una belleza dura a su rostro juvenil, como si estuviera esculpido en mármol. Estaba cruzada de brazos y no llevaba traje de buceo ni nada parecido, ni siquiera estaba seguro de si tenía algo de ropa. No podía verle las piernas, ocultas entre las algas.

Matt se preguntó si necesitaría ayuda, desde luego no parecía preocupada en lo absoluto ni parecía tener intenciones de moverse de allí. Se observaron durante unos minutos más y, al final, fue Matt quien se movió primero y se acercó a la muchacha. Le ofreció una mano pero ella no movió ni un músculo, seguía observándole con la misma expresión imperturbable, a excepción del brillo burlón de su mirada.

Viendo que no tenía intenciones de moverse por sí misma, Matt se acercó a la muchacha e intento cogerla de un brazo, entonces se elevó rápidamente y pudo verla por completo. El chico se sorprendió al ver su figura al descubierto, incapaz de creer por una parte lo que veía y fascinado por otra ante tan magnífica visión. La muchacha no tenía piernas sino una cola de azuladas escamas, del mismo tono que sus enigmáticos ojos. Su única prenda, por llamarla de alguna forma, eran dos conchas unidas por una cadena dorada que tapaban su busto.

« ¡Una sirena!» pensó Matt maravillado «Existen de verdad»

Durante años había estudiado las leyendas de las criaturas del mar y las sirenas siempre habían sido sus favoritas. Siempre descritas como mujeres con cola de pez, de exuberante belleza y sonrisa encantadora; en algunas leyendas descritas como engatusadoras de hombres y en otras como benéficas criaturas del mar. Ni en sus mejores sueños se habría imaginado encontrarse con una y ahora, frente a sus maravillados ojos, tenía a una sirena de carne y hueso.

Quiso decirle algo, pero no podía prescindir del oxígeno del traje. Era frustrante tener a una criatura de leyenda frente a él y no poder decir ni una palabra, pero su abuelo siempre decía “menos es nada” y tendría que conformarse con eso. La sirena se acercó a él y comenzó a dar vueltas a su alrededor, mirándole siempre con esa expresión de concentración y, en ese momento, con un brillo de interés en su mirada.

Matt no podía hacer otra cosa que estarse quieto y esperar, dos cosas que nunca se le habían dado demasiado bien pero la oportunidad bien merecía que hiciese un esfuerzo. La sirena comenzó a palpar su traje, recorriendo con las manos toda su superficie, desde las piernas hasta el torso y llegando finalmente a su cabeza. Tenía su rostro frente a frente y sus ojos estaban a centímetros de los suyos, separados únicamente por el cristal de la máscara de buceo. Vistos de cerca eran mucho más hermosos, de un azul tan profundo que podría perderse en ellos, era como si viera un mar prohibido al que ninguna persona pudiera acceder.

La sirena se acercó más a él y sintió sus brazos rodeándole, Matt sintió una vergüenza como nunca antes en su vida. No es que no hubiese estado con chicas antes, pero aquel contacto le pareció algo solemne y especial, extraño pero agradable. No sabía muy bien como describirlo, simplemente sentía que si se movía un solo milímetro lo estropearía todo.

Entonces escuchó un silbido sofocado por el agua y acto seguido sintió que le faltaba el aire. La sirena se separó de él y vio que sonreía burlona, el tubo se le escapó y no tardó en escuchar el sonido de la bombona, cayendo pesadamente entre las algas. Matt no podía creerlo, ¿por qué la sirena había hecho eso? La sirena seguía sonriendo con una mueca burlona y le hizo una señal de despedida con la mano antes de irse, Matt contempló incrédulo y confundido como se iba. No podía elegir entre ahogarse e ir detrás de ella, y muy a su pesar cogió la bombona entre los brazos y pataleó con fuerza hasta llegar a la superficie.

Sintió con evidente alivio como el aire llenaba sus pulmones al sacar la cabeza del agua, pero en su cabeza seguía resonando una pregunta: ¿por qué? Ya no tenía ganas de seguir buceando y nadó hasta su barco, que estaba a unos cuantos metros a la derecha.

La experiencia de aquella ocasión debía haber escarmentado al joven Matt, pero su espíritu aventurero y la promesa de un nuevo encuentro con la sirena lo llevaron a volver a intentarlo. Como siempre decía su abuelo “si una chica te da largas, no desistas al primer intento”, no era que esa frase se aplicase muy bien al caso de la sirena pero en el fondo el mensaje era el mismo: vuelve a intentarlo.

Matt tardó unos días en poder reponer el oxígeno y esa vez tomo precauciones, selló el extremo del tubo unido a la bombona con cinta adhesiva negra y volvió al mar una vez más. Para su sorpresa la sirena lo esperaba en el mismo sitio y esta vez no tardó en acercársele. En aquella ocasión no se ando con ceremonias y lo abrazó directamente, pero Matt ya estaba preparado y sonrió sin soltar el tubo. La sirena intentó sacar el tubo de la bombona pero por mucho que tiró no pudo sacarlo, entonces se separó del chico con una expresión confundida y lo miró a los ojos. Pensó que estaría frustrada, que se sentiría burlada pero no pasó nada de eso; al contrario, la sirena dulcificó su expresión y sonrío.

Aquella primera sonrisa fue el principio de todo, de una extraña relación sin palabras entre Matt y su sirena. Compartieron muchos momentos desde aquella inocente broma de la sirena, pero eso queda entre ellos. Como diría el abuelo de Matt: “un día es un encuentro; dos, una costumbre; y tres, una historia larga de contar”


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Si os ha gustado esta historia, podréis leer más de Galindo en Ink Dreamer -habéis acertado, junto a Ortega-. Ambos tienen tanto relatos, como reflexiones y una mezcla de ambas.